¿Qué lecturas os seducen más?

lunes, 16 de julio de 2012

Algunas prosas escogidas, XXXX: Mirta Bretaña


Rosa había nacido en Canedo, un pueblo pobre de España, que por entonces pertenecía a una región rural de Orense (ciudad del oro). Tenía cierta gracia llamar lugar del oro a una comarca como esa, sin ostentación. Sin embargo la belleza lo había elegido. Vides limpias y sanas gracias a las lluvias de junio y tardes de tan ardiente sol en el verano que tapizaban flechas de luz roja en el Miño, el río embrujado, lo tornaban un lugar de cuento. La familia dependía de su madre quien había quedado viuda cuando ella cumplió siete años, siendo cuatro menor que su hermana Lola. Diferentes por completo, Rosa era tímida pero con personalidad, discutía a menudo con Lola sobre todo cuando llegaron a la adolescencia, ya que ésta no perdía ocasión de relacionarse y coquetear en cuanta fiesta hubiese en el pueblo, queriendo obligar a su hermana a acompañarla. Este carácter de Lola que además también era bella, alimentaba con sueños de mañana promisorios la imaginación de su madre. Con admirable tenacidad, ella, esperaba a aquél que señalado por el destino tornase menos dura la realidad en que vivían. Cierto día, Lola conoció a un joven empresario brasilero que había concurrido a la fiesta de las flores invitado por el alcalde. No fue difícil para ella seducirlo, dotada de dones irresistibles, que aunque efímeros al fin, son mágicos siempre. Belleza, juventud y gracia se conjugaron para dar paso al romance que culminó en boda, la que precedió el viaje a Brasil donde se radicaría la pareja. Para Rosa fue arduo reponerse de la partida de su hermana, por un lado sufría la ausencia de alguien tan vital como Lola, siempre alegre e inconsciente, cuya pertenencia correspondía a esa clase de seres que cuando parten sea como sea, siembran abandono en el alma. La distancia, el mar, la fortuna, le habían robado a quien también era su amiga. Su madre inició pacientemente, al principio, la tarea de convencerla de lo bueno que sería viajar a Brasil, lo que le daría la oportunidad de vincularse con los amigos de su cuñado, con todo lo que eso significaría.
Se exaltaba al ver a su hija tan resistente al proyecto y finalmente decidió el viaje planificando el futuro de las tres, ya que cuando Rosa se instalase, podría ir a reunirse con ellas. Pero Rosa estaba enamorada, perdida de amor por Pepe, el panadero. Habían crecido juntos, tan próximos que la gente del pueblo los miraba como a hermanos. Pero la juventud les trajo un amor intenso y temprano, no había para ellos nada fuera de ellos. Esto era lo único que distraía a Rosa de su nostalgia.
Se encontraban cada día en el manantial que fluía de la fisura de las rocas y ahí coincidían en sueños futuros. Miraban el río ungidos por la leyenda: “Al fin del Miño se acaba el mundo” y jugaban a quien sería el primero en ver a los hombre-pez que lo habitaban.

La batalla de flores en las fiestas de junio eran testigo de sus risas y se los oía compartir antiguas coplas.

«[...] Tres cousas hai en Ourense
que non as hai en España
O Santo Cristo, a Ponte Romana
E as Burgas fervendo agua [...]»

El carnaval también era tiempo de diversión, en ese ámbito pueblerino, que semejante a una gran familia cuece a fuego lento fusionando, sentimientos y propósitos, alegrías y pesares pero nunca soledad.
El viaje era cada día más tangible. Los dos sabían que no había vuelta atrás. No obstante coincidían en que siempre estarían juntos a pesar de la distancia. A él le gustaba ir a las fuentes das Burgas, un sitio extraño, casi sagrado donde podía pensar, seguro de la benéfica influencia mística que trasuntaba ese lugar, pleno de cálidas aguas donadas por la naturaleza. Hablaban del destino y sus imponderables y Rosa exhausta no podía llorar. Alimentaba fantasías que impedirían el viaje, algo, algo tenía que pasar, tal vez si Lola regresara, o si su madre cayera enferma... Se avergonzaba de pensar esto y la culpa fortalecía su obediencia. Pasaba largos ratos en ausencia y los argumentos que trataba de esgrimir su madre para animarla con augurios de felicidad no la hacían feliz y mutaban en tristes profecías pobladas de desamparo. Llegó el día esperado inesperadamente y el barco zarpó. Partió con ellos, ya que Pepe logró esconderse en la bodega donde lo encontraron los marineros que hacían la recorrida diaria. Al verlo tan joven lo mandaron a trabajar a la panadería desde donde le enviaba mensajes a Rosa ocultos en el pan.
Les pareció que nunca llegarían porque el amor es impaciente.

El día anterior al arribo llovía intensamente, la costa se insinuaba apenas mientras el agua se deslizaba blanda en la cubierta.
Cuando llegaron a puerto Lola estaba esperándola y no supo si en el rostro de su hermana rodaban lágrimas o lluvia. Vió sorprendida a Pepe que sin dudar rodeó los hombros de Rosa y entendió que no sería fácil intentar separarlos. Fue la última vez que ellas se abrazaron largamente en un gesto que significó reencuentro y despedida, un momento en el que sobraron las palabras siempre insuficientes para expresar lo que atesora el corazón .
La lluvia había cesado, un sol persistente destilaba polvo dorado en el mar cubriéndolo de frágiles espejos.
Pepe miró, sólo quedaban algunas nubes en el lejano horizonte, estrechó con fuerza la mano de Rosa y así pobres, anhelantes pero invulnerables, caminaron hacia la vida... y fueron felices para siempre.



Imagen:  ©Nina Nikolova
Relato:    ©Mirta Bretaña









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